Mamá, papá, ¿cuándo podemos volver a Senegal?

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Aterrizamos en Gambia cuando la noche ya había tendido su manto de sombra sobre el país. En África la oscuridad adquiere su verdadero sentido, sin más iluminación que el pequeño haz de luz que pueda irradiar un solo ser humano. Una oscuridad que sin embargo no causa miedo, al contrario. El ruido de las calles, los puestos callejeros, la música espontánea, el tráfico incesante. África nunca descansa. A nuestra llegada al aeropuerto de Banjul, nos recibió Adama, un senegalés alto, corpulento, de sonrisa ancha, con un andar impetuoso, lleno de alegría.

Mi marido y yo viajamos a África con nuestros hijos. Connor, de 7 años y medio, quien lleva tiempo escuchando las historias de cuando sus papás vivían en Kenia y Sudán. Y Fiona, de 3 años, con la ilusión de visitar África para ver muchos animales: “monos, jirafas y dragones”. Afrontamos la primera visita de los niños al continente con la calma y seguridad que proporciona saber que estaríamos en buenas manos; con un plan de viaje tranquilo, sin grandes ambiciones, y con experiencias que sabíamos se convertirían en imágenes para el recuerdo colectivo de nuestra familia y de nuestros hijos. Únicamente los mosquitos se convirtieron en nuestro feroz enemigo a batir, tomando muchas precauciones para evitar las molestias que producen las continuas picaduras.

Al ver el inmenso mar, el océano atlántico, en nuestra primera parada, a pie de playa, en Sanyang, recibimos un golpe de alegría. Nuestros hijos corrieron emocionados hacia el mar, disfrutando de su azul intenso, de las fuertes olas que les sacudían. La temperatura era ideal, un sol brillante, todavía no muy intenso, con una brisa fresca, limpia, nos envolvía el cuerpo.

Nuestros hijos disfrutaron con la visita al pueblo de Thionk Essyl, donde durante tres días pudieron jugar con los niños del pueblo, descubriendo que las personas tenemos muchas más cosas en común que elementos que nos separen. Al igual que Fiona y Connor en su escuela de Mallorca, los niños de pueblo disfrutaban de jugar a la comba, al pilla-pilla y a hacer acrobacias con una rueda de bicicleta.

Tanto nosotros como los niños disfrutamos de la comida, el cuscús, el sabroso arroz, las verduras asadas, las dulces naranjas locales, el zumo de hibisco. Tuvimos la oportunidad de elaborar empanadillas locales que luego degustamos con una deliciosa salsa de cebolla local. Desafortunadamente, al viajar en invierno, no pudimos disfrutar de los mangos autóctonos, al estar fuera de temporada, así que nos perdimos el que dicen que es el mejor mango del mundo.

Las visitas a las islas senegalesas de Niomoune, Carabane y Efrain resultaron un episodio maravilloso dentro del viaje. La paz de la que disfrutamos nos llenaba de alegría, los campamentos donde nos alojamos tenían un efecto mágico, sobre todo al llegar la noche, cuando nos envolvía la plenitud de la noche africana. Las diferentes travesías en barca por el río Casamance resultaron un placer para todos nosotros, navegando entre manglares, observando la inmensa cantidad de aves, saludando a los pescadores que nos cruzábamos en el río.

La visita a África tuvo el efecto que temíamos: nuestros hijos no paran de preguntarnos cuándo volveremos.

Relato de viaje de Joana Socías @enelpulpito, quién viajó con su familia a Senegal en diciembre 2018 y disfrutaron de nuestro itinerario: Hacia el corazón de Senegal en familia

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